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Un acuerdo de mínimos en Copenhague
ÌDesgraciadamente! A medida que los días pasaban, la
perspectiva de un acuerdo vinculante y ambicioso se alejó. Los medias, como los
protagonistas de la Cumbre, invitados y comentaristas destacaron la
responsabilidad de los Estados Unidos que se negarón a aceptar una reducción
significativa de las emisiones, la de China que se opuso a toda forma de
control internacional del respeto de los compromisos asumidos, la desunión de
los países en desarrollo, y la "marcha atras" de la Unión Europea
que, después de haber presentado propuestas voluntariosas no las asumió
hasta el final al presenciar que los otros países no seguían (5). El resultado
ya se conoce: un acuerdo final muy criticado por su falta de ambición.
¿De que se trata exactamente?
“El acuerdo de Copenhague” no es un documento vinculante
(6). A modo de de objetivos valorados, “reconoce” la necesidad de limitar el
aumento de temperatura a 2 grados. Un punto más interesante, ya que demuestra
la conciencia que es imprescindible conseguir una solidaridad
internacional, es la financiación de 10 000 millones de dólares
anuales entre 2010 y 2012 que preve el acuerdo para ayudar los países en desarollo, fijando como objetivo 100
000 millones anuales hasta 2020. Sin embargo, el acuerdo no dice
nada sobre la contribución de cada estado y es de notar que los
compromisos financieros presentados por la UE y los Estados Unidos no se
encuentran en el texto. Otros puntos parecen interesantes pero sin saber
como se concretarán: un metodo de control de las reducciones de
emisiones de CO2 de los países industrializados y emergentes, sin caracter
vinculante y un mecanismo para luchar contra la deforestación pero sin
que un marco de acción esté definido.
El acuerdo se presenta como una etapa hacia un proceso de
lucha contra el cambio climático más ambicioso a partir de 2010. Así pues, por
ejemplo, incluye dos anexos donde se tienen que mencionar compromisos valorados
de los países antes de finales de enero.
¿Y ahora, que puede hacer la Unión Europea?
El resultado de la Conferencia de Copenhague es muy inferior a las
ambiciones de la Unión europea.
Acusados de haber renunciado a mantener los
compromisos acordados por el Consejo europeo, los negociadores
han recordado, con mucha razón, que éstos eran una oferta condicionada con
vistas a un acuerdo general y vinculante. Como lo destacaba uno de los
participantes a la reunión del Senado francés sobre la preparación de
la Conferencia de Copenhague : “Europa no puede actuar sola para
regular el problema de los cambios climáticos, ya sólo representa en
la actualidad un 17 % de las emisiones mundiales de dióxido de carbono. Cada
uno debe contribuír con arreglo a sus capacidades y su nivel de responsabilidad”.
Esta censura de la UE es exagerada ya que la legislación y la
acción comunitarias para protegir el medio ambiente y fomentar un
desarollo sostenible son, en varios aspectos, muy adelantadas en
comparación con las medidas tomadas en los otros países industrializados y que
no se la puede hacer responsable del resultado de Copenhague.
Pedirle, sólo a ella, más esfuerzos es negarse en tener en
cuenta los riesgos de “dumping ecológico” de terceros países que no habrían
asumido compromisos comparables a los de los Estados de la UE. El Sr. Jean-pierre Clamadieu, responsable de la
comisión del desarrollo sostenible del MEDEF (pratonato
francés) resumía el problema de esta manera : “El
MEDEF apoya el compromiso de la Unión Europea de reducir sus emisiones de gas
de efecto invernadero 20 % antes de 2020, y de 21 % para el sector industrial.
Las empresas contribuirán a la realización de este objetivo. Sin embargo, pongo en guardia contra la
posibilidad de adoptar un objetivo de una reducción de 30 % ... El
objetivo de 20 % ya representa una aceleración del
movimiento. Un objetivo de 30 % constituiría una ruptura que
sólo tendría sentido si estaba compensada por compromisos reales
equivalentes de los países socios de la Unión Europea... La eficencia del
acuerdo supone la elaboración de mecanismos precisos de control de las
emisiones y la Unión Europea debe velar por no asumir
compromisos excesivos con relación a los compromisos de las otras
potencias industriales” (7).
El resultado de Copenhague pués decepcionó también a los representantes de
la industria europea que abogaban por un acuerdo internacional a fin de tener
la “visibilidad” necesaria para realizar y amortiguar las inversiones en
tecnologías reductoras de emisiones de gases de efecto invernadero. En un
comunicado publicado al final de la Conferencia de Copenhague, el patronato
europeo (BUSINESSEUROPE, antiguamente UNICE) lamentaba que la Cumbre no
haya podido establecer normas comunes y destacaba la inquietud de las empresas
europeas, ya que estas van a deber aplicar normas vinculantes contra las
emisiones de CO2, en virtud de la legislación europea, cuando sus competidores
de países terceros no tendrán la misma obligación (8).
Frente a ese peligro, existen soluciones ya bien conocidas.
La primera es aflojar las obligaciones de las empresas europeas. De
aqui a 2020, la industria europea debe
reducir sus emisiones un 21% en relación con su nivel de 2005.
Pero la atribución de derechos gratuitos de emisión es posible para evitar la
"fuga de carbono" o sea la relocalización de ciertas producciones
fuera de la UE en países terceros que esten sujetos a limitaciones menos
estrictas en materia de emisiones de gases de efecto invernadero. Anticipando un fracaso
en Copenhague, la Comisión Europea ha previsto una lista de 164
sectores industriales de la Unión Europea que podrán beneficiarse de derechos
gratuitos de emisión (9). Otra solución es la creación de arrancel sobre dióxido de
carbono en la Unión europea con tal que este pueda ser compatible con
las normas de la Organización Mundial del Comercio (OMC), ya que el
arrancel supone una barrera comercial. Pero varios estados miembros se oponen a
esa medida promovida en particular por Francia.
Los límites del método intergubernamental
Una “víctima colateral” del escaso resultado de
Copenhague, es el método intergubernamental, que se cuestionó tanto por la
delegación del Parlamento Europeo, como por numerosos observadores. El
eurodiputado Jo Leinen observa : “la Conferencia de Copenhague
reveló un gran descontento y la ineficacia del método de las conferencias de
Las Naciones Unidas. Se necesita revisar el actual sistema del establecimiento
de reglamentaciones internacionales a través de las negociaciones de los
tratados intergubernamentales" (10). Un articulo publicado en
« el País » llega a la misma conclusión aunque de forma más
argumentada y algo « provocadora » : « Sólo tenemos
un planeta, pero lo gestionamos mediante un sistema de gobierno ridículo basado
en un concepto caduco llamado soberanía. En su momento, la soberanía fue un
invento útil para poner fin a las guerras de religión e imponer una única
autoridad central a los señores feudales. Pero hoy en día, a la hora de
gestionar la cuestión del cambio climático, los Obama, Jiabao, Medvédev, Singh
y Lula no se diferencian mucho de aquellos señores de la guerra empeñados en
preservar su autonomía aun a costa del desastre colectivo. En Somalia gobiernan
múltiples facciones que sólo velan por sus propios intereses y lo llamamos Estado
fallido. ¿Cómo definimos nuestro sistema climático, donde nadie vela por
los intereses colectivos? ¿Un
planeta fallido? » El autor sigue : “Curiosamente, la Unión Europea, a pesar
de haber quedado marginada por la pelea entre Estados Unidos y los emergentes,
tiene dos tipos de tecnologías clave para resolver el problema del cambio
climático… la tecnología más importante de la que dispone Europa es la
institucional. Por todo lo que la criticamos por su irrelevancia en el mundo, la UE es la
prueba palpable de que es posible dar soluciones supranacionales
efectivas a problemas que enfrentan intereses irreconciliables de los Estados.
Europa resolvió la rivalidad franco-alemana, que tantos millones de muertos
costó, con una fórmula imaginativa y equitativa de acceso y reparto de la
producción de carbón, acero y energía nuclear. Hoy en día, parece evidente que
sólo una autoridad supranacional que fuera capaz de fijar y recaudar impuestos
verdes de forma global y repartirlos de forma equitativa, financiando con
dichos recursos las
adaptaciones e innovaciones tecnológicas necesarias, podrá prevenir el
calentamiento global. Así que, por una vez, Europa tiene algo parecido a una
solución ideal. »
La Cumbre de Copenhague en efecto es un ejemplo
más de los fallos del método intergubernamental. ¿Cómo pensar
que decisiones puedan tomarse según un procedimiento basado en el consenso, o
sea en el que el derecho de veto concedido a los estados tiene por
consecuencia que un solo de estos puede bloquear o retrasar la toma de
medidas urgentes y de interés común? En el actual mundo multipolar, la UE
debe desempeñar su papel y el “método comunitario” de toma de decisión puede
contribuír a ello.
09/01/2010
5 – Por ejemplo: Yannick Jadot: “Copenhague, “un jeu de
poker menteur, au final perdant”; comunicado de prensa del Parlamento Europeo de 17/12/2009: “A un día para la
clausura de la cumbre de Copenhague, ¿habrá acuerdo?"
6 – Copenhaguen Accord, 18 December 2009
7 – Intervención en la reunión de la
comisión de asuntos europeos del Senado francés, miércoles de 2 de diciembre de
2009
8 - Comunicado de 19/12/2009, “European business disappointed by limited outcome of Copenhagen Summit”
9 – Draft carbon leakage list
10 - Comunicado de prensa del Parlamento europeo "Les
députés déçus par le faible accord sur le changement climatique",
21/12/2009
11- JOSÉ IGNACIO TORREBLANCA : « Una Autoridad Mundial sobre el Clima »,
El Pais, 21/12/2009
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